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20

Con el tiempo mis meditaciones y estudios empezaron a dar fruto. La cosa en realidad empezó a finales de enero, una noche muy fría en el silencio mortal del bosque cuando casi me pareció oír unas palabras que decían: "Todo está muy bien, por siempre y siempre y siempre."

Solté un tremendo grito, era la una de la madrugada, v los perros dieron un salto y se movieron alegres. Me sentí como aullando a las estrellas. Uní las manos y recé:

– ¡Oh, sabio y sereno espíritu de la Iluminación! Todo está muy bien por siempre y siempre y siempre y te doy las gracias, todas mis gracias, amén.

¿Qué me importaba la torre de los vampiros y el semen y los huesos y el polvo? Me sentía libre y, por lo tanto, era libre.

De pronto, tuve ganas de escribir a Warren Coughlin, en quien ahora pensaba intensamente, y recordaba su humildad y silencio entre los inútiles gritos de Alvah y Japhy y de mí mismo:

– Sí, Coughlin, ahora es reluciente y lo hemos conseguido. Hemos llevado a América como una manta brillante hasta ese más brillante Ya de ninguna parte -dije.

En febrero empezó a hacer menos frío y el suelo empezó a ablandarse un poco y las noches en el bosque fueron más tibias y mis sueños en el porche más agradables. Las estrellas parecían hacerse más húmedas en el cielo, y mayores. Bajo las estrellas yo dormitaba con las piernas cruzadas junto a mi árbol y en mi duermevela me estaba diciendo: "¿Moab? ¿Quién es Moab?", y me desperté con un mechón de pelo en la mano, un mechón arrancado a uno de los perros. Así, despierto, tuve pensamientos como:

"Todo son apariencias diferentes de lo mismo, mi amodorramiento, el mechón, Moab, todo un suurno efímero. Todo pertenece al mismo vacío. ¡Bendito sea!"

Luego hice que estas palabras circularan por mi mente para adiestrarme:

"Yo soy vacío, no soy diferente del vacío, ni el vacío es diferente a mí, pues el vacío soy yo."

Había un charco con una estrella brillando en él. Escupí en el charco, la estrella desapareció y yo dije:

– ¿Es real esa estrella?

No era inconsciente del hecho de que había un buen fuego esperando a que volviera de estas meditaciones de medianoche; me lo proporcionaba amablemente mi cuñado que estaba un poco molesto y cansado de verme por allí sin trabajar. Una vez le recité un verso de alguien sobre cómo se crece con el sufrimiento, y dijo:

– Si tú creces con el sufrimiento, yo ya debería ser tan grande como esta casa.

Cuando iba a la tienda a comprar pan y leche, los tipos que estaban allí entre cañas de pescar y barriles de melaza me decían:

– ¿Qué coño haces en el bosque? -Bueno, voy allí a estudiar.

– ¿No eres ya algo mayor para ser estudiante? -Bueno, a veces sólo voy allí a echar un sueñecito. Pero yo les veía andar por el campo el día entero buscan do algo que hacer para que sus mujeres creyeran que eran unos hombres muy ocupados y que trabajaban duro, y no me podían engañar. Sabía que en secreto lo que querían era ir a dormir al bosque, o simplemente sentarse sin hacer nada, como hacía yo sin que me diera vergüenza. Nunca me molestaron. ¿Cómo iba a contarles que mi sabiduría era el conocimiento de que la sustancia de mis huesos y de los suyos y de los huesos de los muertos en la tierra, que la lluvia por la noche es la sustancia común individual, perdurablemente tranquila y bendita? Que lo creyeran o no tampoco me importaba. Una noche con mi impermeable, sentado bajo un fuerte chaparrón, compuse una cancioncilla para acompañar el sonido de la lluvia en mi capucha de goma: -Las gotas de lluvia son éxtasis, las gotas de lluvia no son diferentes que el éxtasis, ni el éxtasis es diferente que las gotas de lluvia, sí, el éxtasis es las gotas de lluvia. ¡Sigue lloviendo, oh, nube!

Así que cómo podía importarme lo que los viejos masticadores de tabaco de la tienda del cruce dijeran sobre mi mortal excentricidad; todos nos convertimos en lo mismo en la sepultura, además. Hasta me emborraché un poco con uno de esos viejos en una ocasión y anduvimos en coche por las carreteras de la zona y de hecho le expliqué cómo me sentaba en aquellos bosques a meditar y él lo entendió de verdad y dijo que le gustaría hacer la prueba si tuviera tiempo o consiguiera reunir el suficiente valor, y había algo de lúgubre envidia en su voz. Todo el mundo lo sabe todo.

21

Llegó la primavera después de intensas lluvias que lo barrieron todo; había charcos marrones por todas partes en los húmedos y marchitos campos. Fuertes vientos calientes empujaron nubes blancas como la nieve por delante del sol y el seco aire. Eran días dorados con una hermosa luna por la noche; hacía calor y una rana valiente croaba a las once de la noche en el Arroyo del Buda, donde yo había instalado mi nuevo lecho de paja debajo de un par de árboles retorcidos junto a un claro del pinar y una extensión de hierba seca y un delgado arroyuelo. Allí, un día, mi sobrinito Lou me acompañó y yo cogí un objeto del suelo y lo alcé en silencio, sentado debajo del árbol, y Lou, mirándome, preguntó:

– ¿Qué es eso?

– Eso -le respondí y, con un movimiento nivelador de la mano, dije-: Tathata. -Repitiendo-: Eso… es eso.

Y sólo cuando le dije que era una piña consiguió formarse la idea imaginaria de la palabra "piña", pues, de hecho, como se dice en el sutra: "La Vacuidad es Discriminación."

Y él dijo:

– La cabeza me saltó y los sesos se me retorcieron y luego los ojos empezaron a parecer pepinos y el pelo un remolino y el remolino me lamió la barbilla. -Luego añadió- ¿Por qué no hago un poema? -Quería celebrar aquel momento.

– Muy bien, pero hazlo en seguida, al tiempo que caminas.

– De acuerdo… "Los pinos ondulan, el viento trata de susurrar algo, los pájaros dicen pío, pío, pío, y los halcones vuelan jark-jark-jark"…

– ¡Oye! ¡Estamos en peligro!

– ¿Por qué?

– El halcón… ¡jark, jark, jark!

– ¿Y qué?

– ¡Jark! ¡Jark!… Nada.

Tiré de mi silenciosa pipa, en paz y calma el corazón. Llamaba a mi nueva arboleda "La arboleda del árbol gemelo", debido a los dos troncos en los que me apoyaba y que se enredaban uno en otro; un abeto blanco brillando por la noche y que me mostraba a más de cien metros de distancia el sitio adonde iba, aunque el viejo Bob me mostraba el camino con su blancura a lo largo del oscuro sendero. Un sendero en el que una noche perdí el rosario que me había regalado Japhy, pero lo encontré al día siguiente justo en el sendero, imaginándome: "El Dharma no se puede perder, nada se puede perder en un sendero transitado." Entonces ya había mañanas de primavera con los perros felices, y yo olvidando la Senda del Budismo y limitándome a estar contento; observaba revolotear a los nuevos pajarillos todavía sin el grosor del verano; los perros bostezando y casi tragándose mi Dharma; la hierba meciéndose, las gallinas cloqueando. Noches de primavera practicando el Dhyana bajo la nebulosa luna. Veo la verdad:

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